lunes, 27 de febrero de 2012

El año que quemé una falla y acabé por los suelos

Tras el “Pregó i la Crida” de ayer, Burriana ya está inmersa en la celebración de las Fallas y por eso me he acordado de una cosa... En 1995 ostenté el cargo de “Fallera Major” (Fallera Mayor) de una de las fallas del pueblo: la Falla Plaça Chicharro.

Las falleras mayores, entre otras cosas, tienen el privilegio de prender la traca con la que se quema su falla y poner punto y seguido a la fiesta. Pero antes de pasar a relatar la “Cremà” tengo que explicar un poco cómo era la falla que quemé.

Mi falla.

Ese año los de la comisión recurrieron a Regino, ya fallecido, como artista fallero. Era muy popular por aquí porque cuando quería era un genio. El mejor. Y ese era el problema, que sólo quería unas pocas veces. No se comprometía con nada ni con nadie. Y aunque, por experiencias anteriores, ya sabían a lo que se arriesgaban, igualmente le dieron un voto de confianza. El monumento pretendía ser una sátira de sí mismo, haciendo hincapié a que siempre “le pilla el toro” a la hora de acabar “la faena”. Iba a ser una plaza de toros casi real, a la que se podría acceder por dentro y dar la vuelta. Con un tendido repleto de “ninots” y de remate una figura enorme del mismo Regino haciendo el pase a un toro del mismo tamaño.

A mitad de febrero, con la falla a medias (por decir algo), Regino desapareció.

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Tuvimos que ir todos los miembros de la comisión a lijar, pintar, hacer de carpinteros, de “arquitectos” etc... Yo me llevaba a toda la familia. A los escasos “ninots” hechos que nos dejó los vestimos con ropa vieja.

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La plaza la pintamos con pistola. Al muñeco central de Regino le faltaba un pie y lo tapamos con moqueta. Del toro gigante nada se supo. Bueno sí, se lo quedó una falla de Vall D’Uixò que también lo había contratado.

La peor parte se la llevó una comisión de Valencia que pocos días antes de la “plantà” vino a recoger su falla con un camión, una charanga, con todas las falleras... y allí no había nada. Les dimos algunos de nuestros muñecos para que plantaran algo y poco más, que a nosotros tampoco nos sobraban precisamente.

Y aun así, como era de esperar, nos descalificaron. Pero la falla se pudo “plantar” y todo el mundo la recuerda. Yo misma recuerdo con cariño aquéllas frías noches en el taller, haciendo de todo, junto al resto de miembros de la falla. Se forjó una camaradería muy bonita.


Y dicho esto, pasamos a la “Cremà”:

Quizá debería haber hecho un poco más de caso al Traca (nuestro pirotécnico) cuando me explicó cómo iba a proceder a quemar la falla. Pero no lo hice. ¿Qué queréis?. ¡Estaba en la edad del pavo!.
Comenzó la “Cremà” con una traca y el típico “avionet”. Ahí estaba yo, en primera fila, tenía que conectar no sé qué cuando el “avionet” tocara la plaza. Lo hice y me quedé hipnotizada mirando el monumento, valiente, cerca del peligro. Tuvieron que pegarme un estirón para que saliera de allí antes de arder yo también. Pensaba que ya estaba todo hecho y me fui con el resto de falleras a llorar por el final de las fiestas. Pero no, todavía faltaba prender la traca final. De repente empezó todo el mundo gritar mi nombre, buscándome. Como va todo tan sincronizado hay pocos segundos de margen. Y yo en la parra. Me localizaron y me dieron un palo con una llama en la punta para encender una mecha colgada en el ficus más popular de Burriana. Soy alta y el palo era largo, aun así calcularon mal y no llegaba. Me tuvieron que alzar. Y con tanta presión no acertaba a la dichosa mecha, además cada uno me decía una cosa.

- ¡Izquierda!
- ¡Abajo!
- ¡Más arriba!
- ¡Venga!

¡Os queréis poner de acuerdo!, ¡Qué presión!. Y encima cuando conseguí acertar casi me explota en la cara y el que me estaba alzando me soltó sin avisar y aterricé en el suelo, pero, ¿en qué historia que se tercie no acabo por los suelos?.

¿Queréis verlo?. Aquí lo tenéis. Yo me parto de risa cada vez que lo veo. Lo subí hace unos años a mi canal de Youtube.















jueves, 23 de febrero de 2012

Carafal

Y es que ahora a la gente le ha dado por poner ruedas a los carafales para transportarlos cómodamente por las calles, evitando tener que montarlos y desmontarlos en cada uso. Para ello necesitan unas ruedas industriales de gran capacidad de carga y vienen a informarse a la empresa en la que trabajo. Hace poco coincidió la visita de un cliente con la de un representante de la fábrica de ruedas y dejamos que el cliente le explicara qué es lo que quería exactamente.

- Por eso necesitamos que sea maciza, para que no se desgaste la goma en el trayecto que va desde la plaza hasta almacén en el que lo guardamos. Irá casi siempre por asfalto…

- A vale, creo que ya lo entiendo. Bueno, no. No lo acabo de entender porque, ¿qué es exactamente un carafal?. Es que no lo visualizo.

- ¡¡¡¡¿¿¿¿NO SABE QUÉ ES UN CARAFAL????!!!!

Exclamaron atónitos el cliente y un compañero. No daban crédito a la palabras del representante. ¿Cómo no va a saber alguien qué es un carafal?. Yo me estaba conteniendo pero al verlos tan estupefactos me decidí a intervenir.

-Ehhh. Vamos a ver. Que yo he “viajao” mucho. He ido nada más y nada menos que hasta Albacete y sé que por esos mundos de Dios no se usa esto de los carafales. Señor, usted no es de por aquí, ¿verdad?.

- No, soy de Barcelona.

- ¿Lo veis?. Allí no saben qué son los carafales y si me apuras en el resto de España tampoco. Tienen otros métodos de protección, como barriles o simplemente barreras como las nuestras.

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Una vez aclaradas las dudas se quedaron debatiendo sobre los sistemas de protección que utilizan en otros lugares de la geografía española para protegerse de los astados y llegaron a la conclusión de que lo mejor, sin duda, era un buen carafal con ruedas de ese fabricante en concreto.

¿Y vosotros?. ¿Sabéis qué es un carafal?. Pues un carafal es esto:

 

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Una especie de jaula para personas. Sí, sí, y se meten voluntariamente y todo. Se utilizan para cerrar los recintos en las festividades taurinas de la zona. Arriba se ponen los dueños del carafal y abajo los “valientes” que ven los toros desde primera fila.

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(Foto sacada del elperiodic.com)

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(Foto sacada del elperiodic.com)

Así que si alguna vez os acercáis a hacer turismo a cualquier pueblo de la provincia de Castellón y de repente veis correr a la gente y alguien os grita: “¡¡¡Corred hacia el carafal!!!”. Que no cunda el pánico, es porque hay un toro suelto, pero al menos ya sabéis qué es un carafal y podréis correr tranquilamente a poneros a salvo.

sábado, 18 de febrero de 2012

Senderismo: Aín

Amanecer gélido en la Tierra Media, aunque ese hecho no fue obstáculo para que se reunieran los doce miembros de la Nueva Compañía del Anillo para llevar a cabo una exploración rutinaria de las Dos Torres: el Collado de Peñas Blancas y el Almanzor, en el Reino de Aín, corazón de la Sierra Espadán.

Partieron raudos en sus cabalgaduras desde el Casal Jove de Burriana. Los lugareños todavía dormían cuando dejaron atrás sus monturas para continuar a pie.

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Ni los cinco grados bajo cero, que congelaron el agua de más de uno, mermaron el ánimo de los doce. Siguieron con el ascenso a la primera de las torres con el ímpeto característico de la Nueva Compañía del Anillo.

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Antes de internarse en lo más profundo del bosque cedieron el paso a un ejército de hombres corpulentos y armados. El guerrero de la retaguardia les advirtió que disponían de una autorización Real para dar caza a Trasgos-Jabalíes. El bosque no iba a ser seguro para exploradores. Tuvieron que cambiar de ruta para proteger su vida e internarse de lleno en el Bosque de Alcornoques.

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Quizá fue el destino lo que hizo que cambiaran de ruta y de ese modo encontrar a uno de los Ents más legendarios, el mismísimo Bárbol, que participó en la destrucción de Isengard y la caída de Saruman.

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Hablaron y compartieron experiencias con él y así supieron que cuando volvió la paz a la Tierra Media abandonó el oscuro bosque de Fangorn para arraigar aquí, en la Sierra Espadán, ejerciendo de guardián en el Bosque de Alcornoques. Una vida tranquila como recompensa a su extraordinario valor en el pasado.

Ellos le relataron sus aventuras por las sierras mediterráneas y le tuvieron que prometer que volverían si encontraban una Ent hembra en alguna de sus misiones, pues es sabido que escasean por esta región.

Y así llegaron al Collado de Peñas Blancas. Respiraron aire puro, fresco, lleno de vida e iniciaron el descenso hacia la Mosquera.

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En la Posada de La Mosquera hicieron un alto en el camino para comer y beber. No faltó café, chocolate, "coca” de naranja, “rosegons” y buena compañía. Una vez recuperadas las fuerzas partieron rumbo a la segunda torre, dejando atrás la vieja posada.

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Llegaron a los pies del Almanzor dispuestos a coronar su cima, bordeando un arroyo de aguas heladas que les acompañó casi todo el recorrido.

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El sol ya había llegado a su cénit en el momento en que alcanzaron la tan esperada segunda cima.

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Lo encontraron todo en perfecta armonía. No había nada digno de mencionar a los miembros del consejo. Los doce decidieron mantener en secreto su encuentro con Bárbol. Regresaron al poblado a descansar y preparar su próxima misión.

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